El romanticismo aparece al fin del siglo XVIII y principios del XIX como una reacción tanto contra el clasicismo como contra el barroco y el rococó. En efecto, se trata de un arte del "tercer estado", no de la iglesia, ni de la nobleza.

Técnicamente, se aparta de las reglas, busca el movimiento y da al color un valor casi simbólico.

Si la arquitectura progresa de manera caótica, la escultura madura de manera interesante y la pintura produce con entusiasmo.


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